La Huelga de Inquilinos de Sevilla (1919)

Pedro Vallina Martínez (Sevilla, 1879-1970) fue un médico andaluz que dedicó toda su vida a la transformación y revolución social. Entre muchas otras cosas, Vallina fundó la Liga de Inquilinos de Sevilla con el fin de luchar contra los desahucios, mejorar las condiciones de vida de las familias que vivían de alquiler y frenar el gran poder de los propietarios y terratenientes en Sevilla.

El siguiente fragmento de texto pertenece al libro dedicado a las memorias del Dr. Pedro Vallina (Mis Memorias, 2000), editado por el Centro Andaluz del Libro junto a Libre Pensamiento. La claridad y síntesis con la que el propio Vallina relata los problemas de vivienda de Sevilla por aquel entonces merece una relectura. Empezando por una reflexión general sobre la vivienda en los orígenes de la sociedad, Vallina nos relata los serios problemas de salubridad que llenaban las calles de Sevilla y cómo se profundizaban con el mal estado de las viviendas. Desde luego, las reflexiones sobre las enfermedades de la época y las condiciones residenciales de la población hace eco a la actual coyuntura social en la que nos encontramos: la pandemia del COVID-19 y la presente crisis de vivienda. Salvando las diferencias, ambos momentos históricos parecen desembocar en un lugar común: en la huelga de inquilinos, es decir, la organización colectiva de las personas que viven de alquiler y deciden no pagar a sus propietarios de forma coordinada. El Dr. Vallina nos relata en este fragmento, aunque breve, cómo acabó la rebelión inquilina. Quizá sirve para recordarnos que depende de nosotrxs, inquilinos e inquilinas, escribir la historia de nuestro presente.

La historia de la huelga de alquileres en el Estado Español se va revelando por piezas. Barcelona, Asturias, Santa Cruz de Tenerife, Sevilla, entre otras ciudades que desvelan la historia de los inquilinos e inquilinas que defendieron el derecho a una vivienda digna mediante la huelga de alquiler. Si es cierto que la construcción del pasado incide sobre el presente, si es cierto que el modo en que explicamos nuestro pasado determina el campo de lo que es posible o imposible, entonces creemos necesario recuperar la mirada al pasado, aunque solo sea para iluminar e inspirar las necesidades del presente. Este pequeño fragmento que nos regala los escritos del Dr. Vallina recupera la memoria de la rebelión inquilina en Sevilla.

La rebelión de los inquilinos

Una de las formas de explotación más repugnante es, sin duda alguna, la de las viviendas. Aquí el abuso llega al colmo. No hay un animal, a excepción del hombre, el tonto de la creación, que la Naturaleza no le ofrezca una casa gratis, y el hombre mismo si se diera la molestia de construirla. Y si alguien lo dudara le recomendamos que lea la magnífica obra de H. D. Thoreau Walden, o la vida en los bosques.

El hombre primitivo no pagaba alquiler y vivía en las cavernas, unas naturales, formadas por la acción de las aguas en los terrenos calizos, y otras artificiales, talladas por sus manos. Después se pasó a otras construcciones más complicadas y cómodas, aprovechándose los elementos naturales como el barro, las piedras, los palos y las ramas. Sin embargo, para contemplar las viviendas abiertas en la roca, no hace falta retroceder a la época de las cavernas, sino dar un paseo por ciertas calles extremas de una capital española que tiene por nombre Cuenca.

Pero el hombre moderno, apresado en el engranaje de una falsa civilización, carece en su mayoría de vivienda, y si quiere encontrarla, después de correr tras ella con la lengua afuera, le cuesta un ojo de la cara obtenerla. Hoy el problema de la vivienda se agudiza extraordinariamente en todas partes, y los míseros mortales, para satisfacer la voracidad de los propietarios, tienen que vivir mal vestidos y peor comidos, porque el jornal mezquino que ganan no permite otra cosa.

De cómo una vez el pueblo generoso de Sevilla protestó contra esa iniquidad, voy a contároslo en este relato, y el que me lea, que saque las consecuencias, pues yo no he de detenerme a comentarlas por lo elocuentes que son.

***

Por aquella época, en el año de 1919, el problema de la vivienda alcanzaba una fase agudísima en Sevilla. Los precios de los alquileres se habían remontado a las nubes y, además, las casas eran muy difíciles de obtener. Hacía falta un fiador, casi imposible de encontrar para los pobres, y, además, el pago de un mes adelantado y tres meses de fianza. Bastaba que el inquilino se retrasara un mes, por enfermedad o falta de trabajo, para que fuera desahuciado y se encontrara con los muebles en la calle.

Entonces se construían muchas casas de pisos de alquiler, por el negocio redondo que representaban. En un pequeño espacio, bueno para una habitación corriente, se construía un piso completo con dormitorio, comedor y sala de recibir, que para ambas cosas servía, y una pequeña cocina, incluyendo el retrete al lado del fogón donde se guisaba. El cuarto de baño sólo se encontraba en las casas de los ricos.

He de advertir que la gente se lavaba poco el cuerpo. Los católicos son muy sucios por allí. Si alguno se veía obligado a bañar un enfermo de fiebre tifoidea, que en Sevilla era endémica, y dos veces por año epidémica, tenía que arrendar una bañera de metal, que por algunos céntimos al día podía encontrarse en las hojalaterías. Lo difícil era saber dónde colocar aquel armatoste en una habitación tan chica. Apenas si los moradores podían revolverse en aquellos tabucos y era un problema magno colocar los escasos muebles que tenían, si alguno era voluminoso.

Recuerdo el piso de un matrimonio amigo, cuyo dormitorio era tan estrecho que la cama lo ocupaba todo, de pared a pared, y para acostarse tenían que hacerlo saltando por los pies del lecho. Y en el piso bajo de la casa, al lado de la puerta de entrada, se construía una especie de perrera estrecha y oscura para colocar un animal raro que llamaban el portero, cuya misión era ladrar y enseñar los dientes a los inquilinos rebeldes. Además, los porteros servían a las mil maravillas de soplones para la policía.

En Sevilla se conservan todavía unas grandes viviendas de la Edad Media, donde moraban los grandes privilegiados de aquel tiempo, llamadas ahora «casonas», convertidas en las más innobles casas de vecindad. Estos locales horrorosos constan de varios patios, los traseros húmedos y mal soleados, y cada uno tiene tres pisos de corredores divididos en numerosas habitaciones, en cada una de las cuales se aloja una familia pobre. Es fácil imaginarse los estragos que hacían las enfermedades contagiosas en aquellos antros. En una época que estudiaba el problema terrible de la tuberculosis en Sevilla, hice un plano de aquellas «casonas» (manchas negras de la ciudad), señalando en cada una el número de tuberculosos vivos y una cifra aproximada de los que habían muerto el año anterior. Los resultados fueron pavorosos. En uno de estos locales, cerca de donde yo vivía, pude anotar 80 tuberculosos entre vivos y muertos. La más conocida de aquellas «casonas» era la llamada «Corral del Conde», que contaba con más de 1.000 vecinos, un verdadero pueblo. Como eran clientes míos, no olvido las escenas de dolor y miseria que presenciaba allí todos los días. Las habitaciones de los patios traseros eran obscuras, húmedas y malolientes. El patio cubierto de basuras y de lodo cuando llovía. En alguna que otra puerta se encontraba sentado un tuberculoso, tosiendo y arrojando los pulmones sobre el pavimento, a cuyo lado jugaban los inocentes niños, hambrientos y cubiertos de harapos. ¡Cuántas infamias cometieron aquellos propietarios católicos, apostólicos y romanos!

Pues bien, los dueños de aquellas cavernas inmundas, para no entenderse directamente con los que ellos llamaban la canalla de inquilinos, las arrendaban a unos intermediarios que exprimían el limón hasta el último jugo. Lo que a ellos les costaba el equivalente a uno, lo hacían pagar por ciento, así que a estos sujetos pronto se les veía rodar en coche y los dedos cubiertos de gruesos anillos. ¡Cómo odiaba el pueblo a aquellas hienas humanas!

Los abusos fueron de tal índole que pronto germinó una cólera sorda en todas las clases sociales pues hasta los empleados modestos, incluso sacerdotes pobres y militares de baja graduación, se gastaban un tercio del sueldo en el alquiler de una mala vivienda. Hasta que un día saltó la chispa y prendió fuego al polvorín de odios que se habían ido acumulando.

***

En una calle que desemboca en la popular plaza de San Marcos, donde yo vivía, fue desahuciado un vecino, y sus muebles puestos en medio de la calle, y allí quedaron el matrimonio y varios niños pequeños sin saber qué partido tomar. La gente se fue amontonando y las protestas se dejaron oír, pero esta vez surgió la acción y señaló el camino. Un muchacho de unos doce años de edad, cogió un adoquín que estaba levantado en la calle y lo arrojó indignado contra la puerta de la casa donde había tenido lugar el desahucio. Aquella fue la señal, y los reunidos, imitando al muchacho, apedrearon la casa y rompieron puertas y ventanas, cundiendo la agitación por todo el barrio, que repercutió en toda la capital.

Entonces comprendí que se presentaba la ocasión de intervenir y dar la batida a los explotadores de la vivienda. Aquella noche se reunieron en mi casa varios compañeros de ideas que me eran conocidos por su decisión. Y sin consultar con nadie más que con nuestra conciencia, quedó constituido un «Comité Revolucionario de Defensa de los Inquilinos», del que yo fui nombrado secretario y tesorero, no había presidente ni hacía falta. Al día siguiente lanzamos un manifiesto llamando al pueblo de Sevilla a la lucha y a rebelarse contra tanta infamia. La iniciativa que estaba en el ánimo de todos tuvo un éxito extraordinario, porque se comprendió que los anarquistas que iban a orientar el movimiento no retrocederían ante ningún obstáculo que se presentara y que harían todos los sacrificios necesarios para alcanzar el triunfo. Apenas si dos personas tenían tiempo para inscribir a tantos socios como se presentaban, llegándose con toda rapidez a alcanzar un número de 33.000 adherentes, no sólo de la clase pobre, sino también de la media. Se fijó la cuota de cada socio a diez céntimos para toda la campaña, ya que el dinero iba a servir de muy poco, puesto que íbamos a triunfar con los puños.

El Comité tomó como primera medida que cada uno se incautara de su vivienda y no pagara renta alguna hasta que no se hiciera una rebaja de un 50 % y se suprimieran a los intermediarios. Esta medida tuvo tan buena acogida que durante seis meses no hubo socio que pagara renta alguna.

La lucha se prolongó algunos meses y no faltaron los incidentes violentos y los escándalos frecuentes, siendo apaleados numerosos porteros y muertos algunos.

Hubo varios cabildeos en el Gobierno Civil que, como de costumbre, no sirvieron para nada. Recuerdo que en una de las reuniones con el Gobernador Civil, el señor Bermejo, un catedrático de la Universidad de Madrid metido a politiquillo, en un arranque impremeditado que tuvo, llegó a autorizarme para que hiciera desalojar todas las casas de vecinos que no reunieran condiciones higiénicas, lo cual yo acepté cogiéndole la palabra, pero el millonario barbudo Sánchez Dalp se levantó asustado de su asiento y gritó: «Gobernador, que éste lo hace y se agravaría el conflicto de una manera extraordinaria, porque no hay una sola casa de vecinos que reúna las condiciones de higiene más elementales, de lo cual todos somos culpables y hay que dar tiempo para remediar un mal tan antiguo».

¡Basta de perder el tiempo! -dijimos a la gente-, hay que solucionar esto por la fuerza, y por ahí deberíamos de haber empezado. Y en el acto se constituyó una columna de mil voluntarios que empuñaban toda clase de instrumentos de destrucción y que con una celeridad pasmosa iban de uno a otro lado, arremetiendo contra las viviendas de los propietarios recalcitrantes. Ya donde llegaba la columna, casa en ruinas. Una de las viviendas que señalé personalmente a la ira popular fue la de un tal Felipe Cuba, uno de los explotadores más repugnantes que en poco tiempo llegó a reunir una fortuna. Aquel tunante acababa de construir una casa de pisos, modelo en su género, pues cada uno parecía una jaulita. Cuando yo pasé por allí, visitando a mis enfermos, la casa estaba intacta, pero al volver poco después, cuando ya había pasado la columna de destrucción, me la encontré medio destruida. Yo mismo quedé sorprendido de la fuerza destructora de la muchedumbre, aguijoneada para combatir a la injusticia.

Pronto se formó una cola interminable de propietarios a la puerta de mi casa, pidiendo una hoja sellada y firmada por el Comité, en la que se hacía constar que se había aceptado nuestra demanda. La hoja se fijaba en la puerta de la casa, y la gente al leerla respetaba la vivienda y pasaba de largo. Los que se dieron más prisa en presentarse fueron los orondos intermediarios, que al firmar la renuncia de los contratos, nos mostraban sus dedos llenos de gruesos anillos de oro.

Por entonces había un gobierno liberal que no se atrevió a derramar la sangre del pueblo de Sevilla para proteger el egoísmo de la peor clase de propietarios. Esto nos favoreció sin duda y evitó que se quemara el último cartucho que teníamos en reserva, pues se había decidido, en caso extremo, que cada inquilino, y lo hubiera ejecutado la mayoría, prendiera fuego a su vivienda el mismo día y a la misma hora, y después irse a vivir al hermoso parque situado a orillas del Guadalquivir, que reúne condiciones excelentes de higiene. Aquello hubiera sido altamente beneficioso para la ciudad, porque además de haber destruido a millones y millones de microbios patógenos, hubieran surgido unos edificios modernos sobre las ruinas de las pocilgas incendiadas.

Así se ganó aquella huelga de inquilinos en Sevilla, y el triunfo se debió a la intervención de los anarquistas, por cuya acción conquistaron las mayores simpatías.

Lo primero es que haya anarquistas, aunque sean pocos, pero buenos, y luego que se pongan al frente de los movimientos populares para encauzarlos por el camino revolucionario.

Y lo segundo es que haya un pueblo viril que sepa vibrar por las causas justas, porque si el pueblo está degenerado y embrutecido por la ignorancia y los vicios, y además sigue ciegamente a sus malos pastores, entonces, no hay nada que hacer.

Si continuas navegando por este sitio web aceptas las galletas. Más información

La configuración de las galletas de este web está definida como "permite galletas" para poder ofrecerte una mejor experiencia de navegación. Si continuas utilizando este sitio sin canviar la configuración de galletas o bien haces clic en "Apceptar" entendemos que estás de acuerdo.
Política de cookies

Tanca